¡La hospitalidad ha de vivirse con corazón y con competencia! Por eso necesitamos un corazón que vea, porque las cosas esenciales no son visibles a los ojos. Para desempeñar mi servicio en el centro de discapacitados de Kainbach, necesito corazón, empatía y profesionalidad. Mi labor al lado de las personas que nos han confiado (así me gusta llamarlas), me llena de alegría y de gratitud. 

 

Cuando, al terminar mi turno veo que las personas discapacitadas con las que he pasado el día me preguntan: “¿Michi, mañana estarás de nuevo con nosotros?”, entiendo que yo también recibo continuamente hospitalidad. Esa sencilla pregunta me da la fuerza y la motivación necesarias para vivir la hospitalidad también mañana. Par mi, el poder transmitir a nuestros huéspedes, junto a todo el equipo de operadores, alegría y sentido de protección es un gran enriquecimiento. Las personas que atendemos continuamente nos hacen entender si conseguimos transmitirles hospitalidad y profesionalidad.

 

Entre mis huéspedes hay un discapacitado sordo. Aprender el lenguaje de los signos fue un gran reto. Pero el contacto continuo con este huésped provocó en mí un fuerte interés por el lenguaje de los signos hasta tal punto que al final de mis estudios decidí escribir mi tesis sobre el mundo de las personas sordas. Además he decidido mejorar el aprendizaje del lenguaje de los signos. Vivir y dar testimonio de la hospitalidad en cada momento y lugar, es para mí una legado fundamental que nos ha dejado el Fundador de nuestra Orden, San Juan de Dios. 

 

Quiero ser una presencia acogedora para los demás así como lo es Dios conmigo: me acompaña, viene a mi encuentro en la eucaristía y en la vida cotidiana y me anima a llamarle “Abba – Padre”.

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