La hospitalidad es la expresión práctica de lo que nuestro Señor nos manda “amarás a tu prójimo como a ti mismo“. Acoger a alguien en nuestra casa y cuidar de él es solamente una pequeña parte del amor que todos deberíamos haber aprendido de los clavos que hirieron esas carnes sagradas. 

 

Ser voluntario y prestar este servicio es ante todo una gran oportunidad además de ser un gran honor. Se recibe el doble de lo que se dá y se aprende más donando a los demás que estando parados escuchando sin más. La hospitalidad no es algo que se puede testimoniar en un ensayo de 250 palabras o en un simple acto de voluntariado, esto no son más que formas para intentar plasmarla concretamente. 

 

La hospitalidad significa despertarse cada mañana con el corazón en las manos y ofrecerlo al prójimo, significa empezar cada nuevo día con ganas de mejorar el mundo con nuestra sonrisa, es la necesidad de amar que transmite la luz de la mañana y concilia el sueño por la noche. 

 

Sólo siendo hospitalarios con el mundo sentimos que formamos parte de él, viviendo en armonía con todo lo que nos rodea. Ser hospitalarios no es ni una misión ni un deber, es lago natural que todos llevamos dentro. Sólo hay que dejarlo brotar para que la paz que todos llevamos dentro de nosotros pueda construir los puentes que unen a los pueblos bajo una sola gran bandera, la del arcoiris.

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