Encuentro con Dios

El testimonio de Gladys Ramos Hernández, una colaboradora de nuestra Institución.

 Los humildes y los pobres buscan agua, pero no hay nada. La lengua se les secó de sed. Yo, el Señor,

les responderé, Yo, Dios de Israel, no los desampararé… Isaías 41, 17. 

 

El dolor, la crisis, la enfermedad, la tristeza, la desesperación y la angustia son algunos sentimientos que frente a los problemas que ocurren en la vida se manifiestan repentinamente. Esa llamada impotencia que refleja lo que es el ser humano ante las dificultades. No es fácil empezar un caminar nuevo, ni comprender que la vida es finita y que el sonido del reloj anuncia con su leve tic tac que el paso por esta tierra está más cerca de lo que parece.

 

Luego viene el remordimiento, seguido de tantas preguntas que sólo exigen un porqué, y enseguida la queja que busca reprochar al Creador de la existencia, esa queja personal que se culpa así misma por todos los errores cometidos en la vida. Todos estos son los sentimientos que se estrellan como un juego de carros chocones, sin tener un norte y mucho menos un sur. Sin duda alguna, en la vida de todo ser humano aparecen problemas que oprimen y reprochan a toda la humanidad sin excepción, desde el más pequeño al más grande, sin importar su condición física, económica, cultural y social.

 

Pero ¿qué viene tras todo este dolor?, ¿qué significa esta desesperación? y, mejor aun, ¿cuál es el para qué de esa condición que hace que la impotencia y debilidad del ser humano reluzca como copa de iceberg? Esta es la historia de Gladys Ramos, una colaboradora de 34 años de edad, que vivió una experiencia dolorosa pero que resignificó su encuentro con Dios. Ella, esposa y madre de dos bellas hijas, la mayor de 18 años y la menor de 7; trabajadora y luchadora, con el deseo de ver a sus hijas progresar y con un ideal de vida, como todos, enfrentó una situación que ninguno de los que está leyendo estas líneas quisiera  vivir. Una enfermedad que un día menos pensado irrumpió en su vida. Ella empezó a decaer, esta dolencia apareció como una tormenta que empezaría a destrozarla poco a poco, era una fuerza que, como un volcán, amenazaba con una erupción potente.

 

En el año 2007, luego de llevar un año de estar trabajando en la Clínica de Nuestra Señora de la Paz, cuando estaba terminando su jornada de trabajo, en el momento menos pensado, siente que su boca comienza a dormirse, el esfuerzo para hablar era cada vez más difícil. Sin embargo, ella hizo caso omiso de esta situación, siguió con sus labores y compromisos. Pero, cuando llegó a su casa  ya no pudo hablar más, su boca estaba completamente dormida, no existía posibilidad alguna de habla y la unica forma de comunicación era por medio de expresiones corporales. Era inminente su remisión al hospital más cercano.

 

Empezaron los exámenes de laboratorio y el médico le comentó que era urgente empezar un proceso de diálisis. Para el médico había una conclusión rotunda que Gladys aun desconocía. Después ella fue remitida a rayos X, para continuar con sus exámenes, pero cayó repentinamente al piso y, sin saberlo en ese momento, convulsionó. Entre tantos exámenes a los que fue sometida, la conclusión era que tenía una enfermedad terminal. Ella, una vez es conocedora de esta situación, entró en llanto sin poder contenerse. Sus riñones habían ya no podían funcionar y, lo más probable era que, de ahí en adelante estaría dependiendo de una máquina. A partir de ese momento, empezó a involucrar en su vocabulario cotidiano palabras y términos como diálisis, trasplante, unidad renal, hospitalización, entre otras. Sin embargo, ella no perdía las esperanzas de sanación frente a esta dolorosa noticia. Incluso, los médicos le dieron una voz de aliento, le informaron que era viable realizar un trasplante de riñón.

 

Pero la vida de Gladys continua en medio del desespero, la rabia y el dolor. Aparece una pregunta que la cuestiona permanentemente y hace eco en su interior ¿por qué a mí? Se repite permanente la misma pregunta pero en tono de reproche ¡Oh Dios por qué a mí! En medio de estos cuestionamientos y angustia la relación que Gladys tiene con Dios empieza a cambiar. Ella constantemente expresaba las siguientes palabras de suplica: “Dios yo creo en ti, respóndeme Señor, estoy asustada”. A estas suplicas se unían sus compañeros de trabajo que terminaban turno y la acompañaban a la Eucaristía para implorar a Dios que le diera fortaleza.

 

Los días pasaban y la vida continuaba su marcha, pero Gladys la asume con dolor y angustia. Su rutina diaria se vio afectada y lo que ella solía vivir en su cotidianidad desapareció completamente. Ya en ese momento de su vida estaban las visitas a la unidad renal, casi su segundo hogar. Asistir allí tres veces por semana durante varias horas se convertía en una carga más para su existencia. Así transcurrió su vida durante varios años, entre la unidad renal, su lugar de trabajo y su verdadero hogar. Las esperanzas de un trasplante no se agotaban, pero las posibilidades eran mínimas.

 

A los tres meses de haber empezado su proceso de diálisis y a sus 26 años de edad, con una hija de diez años, recibió la inesperada noticia de que nuevamente iba a ser madre. Pero ella en lo más profundo de su corazón  no sabía qué esperar de esta noticia,  ¿un bebé en estas circunstancias? Se preguntaba sobre el futuro de su bebé “¿qué le puede esperar a mi hija?” Asimismo, la mayoría de personas que estaban a su lado le expresaban la preocupación por la vida de la nueva criatura. La situación de enfermedad que llevaba Gladys ponía en alto riesgo su vida como la de su bebé. La posibilidad de que naciera sana era mínima. Con todo esto y conociendo de antemano los riesgos que habían, ella con firme esperanza y abandonada en el infinito amor de Dios, decidió aceptar ese hermoso regalo que el Creador le había dado. Luego de su periodo de gestación, nació su bebé. Pero, para sorpresa de todos, su hermosa hija había nacido sana y fuerte. La alegría y felicidad de toda la familia y de quienes conocían a Gladys invadía los corazones. En ese momento todos eran testigos del milagro de la vida que se manifestaba sin dar tregua. Pero, a pesar de este gran regalo, su tristeza y angustia  a causa de su enfermedad no desaparecía completamente. Por el contrario, ahora su nueva hija hacía parte de su gran preocupación. El bienestar y cuidado del bebé era un asunto que la inquietaba muchísimo. Pasados unos años, como resultado de la hemodiálisis le diagnosticaron hiperparatiroidismo[1]. Unido a esto, la poca posibilidad de tomar líquidos y la limitación en la comida aumentaba. La tristeza se apoderaba de ella y la invadía por completo. Frente a un trasplante había mucho escepticismo. La gente que estaba a su lado expresaba comentarios que la angustiaban aun más. Las esperanzas de vivir se acababan y todo comenzaba a esfumarse. ¡La vida ya no era la misma! Sin embargo, su mamá, el verla en esa angustia, se ofrece como donante y una vez más Gladys vuelve a tener esperanza. No obstante, la esperanza se agota cuando se enteran, -madre e hija-, luego de exámenes rigurosos,  que el riñón de la mamá de Gladys no era apto en ese momento para proceder con la donación.

 

La enfermedad que tenía Gladys  representaba desplazarse de su casa al trabajo, del trabajo a la unidad renal y de la unidad a su casa nuevamente. Este recorrido a diario la agotaba profundamente. Por tal razón, Gladys decide iniciar su proceso de pensión. Ella sentía que no podía seguir con ese ritmo agotador que la vida le imponía. Sin embargo, su proceso de pensión de invalidez no se pudo lograr dado que los procesos de diligenciamiento que tenía que realizar previamente demandaban mucho tiempo y ella no contaba con este. Así las cosas, continuaba su vida esperanzada y abandonada como una tierna niña en los brazos de su Padre. En profunda actitud de oración un día se acercó a una parroquia, se sentó en una de las bancas, luego de persignarse y de estar de rodillas ante Dios expresó: “cuántas veces me he postrado ante ti, pero vuelvo a ti para implorar que se haga tu voluntad. Señor, tu sabes que esto no es fácil para mí”.

 

Luego de llevar ocho años de asistencia al proceso de diálisis y después de haberse acostumbrado a recibir esperanzas sobre un posible trasplante, las cuales se agotaban rápidamente, llegó una noticia que esta vez sí le cambiaría nuevamente la vida a Gladys y le volvería a dar rumbo a su vida, el rumbo que alguna vez, en el momento menos esperado, perdió.

 

Pasaron ocho años de exámenes, ocho años de diálisis, ocho años a la espera de un trasplante y a la espera de la pensión, ocho años de dolor, de sufrimiento, mucho tiempo de desesperanza, pero tiempo en que experimentó, a pesar de tanto dolor, que tenía fuerza para continuar. Gladys ya estaba preparada para recibir cualquier noticia, fuera buena o no como ella esperaba. Había decidido abandonarse completamente en las manos Dios.

 

Una mañana, cuando menos lo esperaba sonó el teléfono y lo que parecía completamente imposible sucedió, había un donante que era compatible con ella. La esperanza vuelve a su vida, la alegría la invade completamente. Sin embargo, existía la duda y el miedo de que fuera solo una ilusión. Gladys hacía una evaluación de lo que ya en ese momento representaba su enfermedad y concluía que su vida estaba en permanente cambio desde aquél día en que todo había empezado con un malestar. Ese dolor, ese sufrimiento y esa tristeza que había traído consigo la enfermedad habían cambiado su vida. Ella sabía y había entendido que se estaba sanando ¿Pero de qué? Precisamente de su egoísmo, de su ira, de su mentira y de su pecado.

 

El trasplante, en efecto, fue posible y desde ahí ella afirma conocer aun más a Dios y saber que él ha querido, quiere y querrá lo mejor para ella y para cada uno de nosotros. Gladys* entró a un proceso quirurgico que duró más de cinco horas y luego, como si hubiera despertado de un gran sueño, se reencontró con su esposo e hijas. El 17 de septiembre de 2015 salió de cirugía sana y con un nuevo riñón para disfrutar su vida, pero ahora reconoce con gran emoción que Dios la sanó y lo sigue haciendo. La relación que hoy ella tiene con Dios es completamente diferente a la que tenía antes de su enfermedad, pues ahora reconoce la importancia de estar tan cerca de él. Gladys ha cambiado, ya no es la persona sorda que obviaba la voz de su Creador, ya no trabaja solo para ella, sino que ahora siente la necesidad de trabajar también para Dios pues comprende que de él viene su fuerza y sabe que lo unico que existe es su amor y misericordia porque él la amó primero y se entregó por cada uno de nosotros**.

 

*Gladys agradece a los Hermanos de la Orden de San Juan de Dios, a quienes conocieron de cerca esta situación y a los colaboradores de la Clínica que permitieron que estos momentos no fueran tan dolorosos.

**La Pastoral de la Salud y Social de la Clínica de Nuestra Señora de la Paz agradece también, de manera especial, a Gladys Ramos, auxiliar de medicamentos, por la generosidad del tiempo que nos ha brindado para recoger en estas líneas su testimonio de vida.  

 


[1] Esta en una enfermedad que altera la densidad del calcio en la sangre y se va acabando poco a poco con los huesos, craqueándolos y causando mucho dolor. Propiamente, se define como “Es un trastorno en el cual las glándulas paratiroides del cuello producen demasiada hormona paratiroidea (PTH). (Tomado de https://www.nlm.nih.gov/medlineplus/spanish/ency/article/001215.htm el día 21 de abril de 2016)