La historia

El entender la espiritualidad de los jóvenes hoy en día es la respuesta a las experiencias y a las necesidades que ellos mismos manifiestan en cada una de sus estructuras sociales. Las vivencias y los hechos a los que estamos enfrentados hoy, hacen que la naturaleza rebelde, propia de ellos, se levanten como bandera de lucha en la búsqueda de la verdad y la justicia, cuestionando el actuar y la institucionalidad no sólo de la Iglesia, sino de los cimientos fundamentales de la sociedad, las autoridades, la política e incluso la propia familia.

Tal vez, para entender la espiritualidad de los jóvenes de hoy, debemos hacer un análisis de nosotros mismos, y de cuáles eran nuestras motivaciones y vivencias que nos llevaron a seguir el llamado de Cristo desde la vocación misma en nuestra juventud, sea a través de la vida consagrada o laical; tomando de ejemplo la misma vida de Jesús. Pero, en esta etapa tan significativa de nuestras propias historias de vida, ¿qué hubiera ocurrido si hubiéramos estado expuestos a la sobre estimulación digital de la información y la “hiperconectividad” al mundo que tienen los jóvenes de hoy?, donde, para bien o para mal, han visto como el flagelo de los abusos y la corrupción exponen a todos sin discriminar a líderes, activistas, políticos e instituciones, donde se incluye a la Iglesia. Es allí donde debemos volcar nuestra mirada, y más allá de lo que hemos vivido en nuestro interior, es desde allí mismo, desde ese dolor, donde debemos renovarnos y volver al Evangelio; pues, es la única manera de que podamos renovarnos en la fe y la esperanza, y mostrarles que no sólo son el futuro, sino también el presente de la Iglesia, y dejar de lado la impresión generalizada de que la Iglesia es para personas mayores. El Papa Francisco nos ha recordado que anunciar la alegría del Evangelio es la misión que el Señor ha confiado a su Iglesia. Pero ¿Qué es lo que quieren los jóvenes de hoy? Y por, sobre todo, ¿qué buscan en la Iglesia?. Buscan y exigen coherencia, no sólo a la Iglesia, sino a todo quien ejerza algún tipo de autoridad o influencia en la sociedad, la falta de la misma provoca una “crisis de identidad” en sus valores y postura radical en contra de todo lo que represente el actuar de la autoridad o institución. Pero referente a entender lo que buscan en la Iglesia debemos referirnos al documento preparatorio al Sínodo de Obispos, donde los mismos jóvenes nos entregan luces de esta respuestas, manifestando que desean una “Iglesia auténtica”, que brille por “ejemplaridad, competencia, corresponsabilidad y solidez cultural”, una Iglesia que comparta “su situación de vida a la luz del Evangelio más que dar sermones”, una Iglesia que sea “transparente, acogedora, honesta, atractiva, comunicativa, accesible, alegre e interactiva”, es decir, una Iglesia “menos institucional y más relacional, capaz de acoger sin juzgar previamente, amiga y cercana, acogedora y misericordiosa”. Pero también están quienes a la Iglesia no le piden nada o solo desean ser dejados en paz, que a raíz de todo lo sucedido no la consideran un interlocutor significativo o simplemente les causa una presencia “fastidiosa o irritante”. Las razones de esta actitud crítica quedan aún más en evidencia donde más allá de la transparencia y consecuencia de los actos, piden a la Iglesia condenas y hechos concretos que sean ejemplificadores contra quienes han cometido algún ilícito y que refuerce “su política de tolerancia cero contra los abusos sexuales dentro de las propias instituciones”, la falta de preparación de los ministros ordenados, que no saben interceptar la sensibilidad de los jóvenes, y la fatiga de la Iglesia misma de “dar razón de las propias razones doctrinales y éticas de frente a la sociedad contemporánea”.

Finalmente debemos entender que las creencias religiosas no solo siguen presentes en la vida de los jóvenes de hoy, sino que también se afianzan, aunque con características diferentes a las de hace algunas décadas. El Papa Benedicto XVI nos recuerda que “no podemos olvidar que muchas personas en nuestro contexto cultural, aun no reconociendo en ellos el don de la fe, buscan con sinceridad el sentido último y la verdad definitiva de su existencia y del mundo. Esta búsqueda es un auténtico ‘preámbulo’ de la fe, porque lleva a las personas por el camino que conduce al misterio de Dios” (BENEDICTO XVI, Porta fidei, 10).

La necesidad espiritual no es propia ni exclusiva de las personas que viven una experiencia religiosa, sino de todo ser humano. Esta necesidad de orden espiritual incluye la condición de vivir con sentido, pero integra también otras solicitudes, como la necesidad de paz interior, silencio, meditación, contacto con la naturaleza, comunicarse con símbolos, de participar en ritos que los hagan sentirse trascenderse y de esperar una última reconciliación (V. GORODISCHER, Buscadores de fe. Un viaje a la espiritualidad contemporánea, Emece, Buenos Aires 2012.).

Consecuencia de ello tenemos que hoy se carecen de los espacios y peor aún de agentes formadores que orienten y acompañen a los jóvenes, quienes, en su dimensión espiritual, buscan su identidad alejados por nuestros propios errores e incapacidades, llevándolos a alimentar sus creencias en otros espacios, como la música, la naturaleza, el deporte, la energía, el cine, las series, las redes sociales o la literatura. Quienes se han acercado a las diferentes comunidades, apenas se les ofrece un espacio propicio para sus inquietudes espirituales. Aunque hay numerosos jóvenes católicos que se han encontrado personal y comunitariamente con Jesucristo y viven alegremente comprometidos en anunciar el Evangelio, también hay muchos jóvenes cuya participación en itinerarios formativos y celebrativos, ya sea en parroquias, colegios o movimientos, no ha germinado en una identidad cristiana ni menos en una vinculación comunitaria, inclusive en algunos casos ha causado algún tipo de desafección a la Iglesia (apostasía). Los jóvenes están aprendiendo a vivir sin la estructura ni el Dios del Evangelio, apoyándose más en una religiosidad y espiritualidad alternativas y poco institucionalizadas o refugiándose en movimientos o experiencias que respondan a una identidad donde se sientan identificados. Una Iglesia que privilegie los espacios donde se honren los procesos, se rescaten los sentidos, se aprenda de los errores y se valore la diferencia es la que será capaz de volver a la misión y dará el impulso y la renovación de espacios donde se necesita la vitalidad y vista esperanzadora que la vida juvenil entrega.

El salir es el llamado y el acompañar es la misión que como Iglesia debemos llevar a cabo, tanto a nivel personal como de grupo, buscando en conjunto con ellos un camino en particular para hacer una elección definitiva del servicio al que estamos llamados.

Sin dejar de lado la dimensión espiritual, hay que destacar la importancia del sacramento de la Reconciliación en la vida de fe y asumir las responsabilidades en el campo profesional y socio – político, tomando en cuenta la corrección fraterna, tarea de padres, educadores, animadores y sacerdotes quienes deben escuchar y acompañar a estos jóvenes, para que no caigan en la novedad del entusiasmo pasajero y la posterior inconstancia propia de los “millenials” (Revista Historia y Vida, Cómo acompañar a los millenials y a las nuevas generaciones de jóvenes) , por lo tanto, es de vital importancia un acompañamiento integral centrado en la oración y en el trabajo interior. Destacando la necesidad de acompañantes de calidad: personas equilibradas, de escucha, fe y oración, que se han medido con sus propias debilidades y fragilidades y que, por ello sean acogedoras “sin moralismos ni falsas indulgencias”, lejos de actitudes posesivas y manipuladoras.

El Papa Francisco decía no hace mucho tiempo a los jóvenes chilenos: “La Iglesia tiene que tener rostro joven, y eso ustedes tienen que dárnoslo. Pero, claro, un rostro joven es real, lleno de vida, no precisamente joven por maquillarse con cremas rejuvenecedoras. No, eso no sirve, sino joven porque desde su corazón se deja interpelar, y eso es lo que nosotros, la Santa Madre Iglesia, hoy necesita de ustedes: que nos interpelen… ¡Cuánto necesita de ustedes la Iglesia…, que nos ‘muevan el piso’, nos ayuden a estar más cerca de Jesús!”.

Está claro que los jóvenes, cuando se ponen al servicio de los jóvenes, son capaces de transformar el mundo, y también de llenarlo de esperanza. Se puede decir con verdad que la Iglesia ve en los jóvenes este optimismo de volver nuestro rostro a Cristo. El futuro hay que verlo con esperanza, los cambios que piden los jóvenes hoy son necesarios para enfocarnos en la misión del Evangelio. Debemos estar agradecidos que somos parte de la renovación de esta Iglesia, que fuimos llamados a ser hoy los protagonistas de lo que nos depara el futuro y que las críticas que llegan de los mismos jóvenes dan la respuesta y una nueva oportunidad de comenzar de nuevo, si queremos que nos acompañen, debemos ser mejores, nos exigen más misión, más evangelio, más coherencia, ser más Cristos del siglo XXI.

En las conclusiones del Sínodo nos dice: “A través de la santidad de los jóvenes, la Iglesia puede renovar su ardor espiritual y su vigor apostólico. El bálsamo de santidad generado por la buena vida de muchos jóvenes puede curar las heridas de la Iglesia y del mundo”.

El gran desafío es generar una nueva corriente de vida al servicio de la evangelización de los jóvenes, de su discernimiento, de su compromiso social y misionero con la esperanza que nace del mismo Evangelio “yo estoy con ustedes todos los días hasta el final de los tiempos” (Mt 28, 20).

Por Claudio Cortes. Pastoral Vocacional.

Provincia Sudamericana Meridional.

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