Monición

El Señor sabe que una opción fundamental de vida, como la de casarse o consagrarse de manera especial a su servicio, requiere valentía. Él conoce las preguntas, las dudas y las dificultades que agitan la barca de nuestro corazón, y por eso nos asegura: “No tengas miedo, ¡yo estoy contigo!”. La fe en su presencia, que nos viene al encuentro y nos acompaña, aun cuando el mar está agitado, nos libera de esa acedia que ya tuve la oportunidad de definir como «tristeza dulzona» (Carta a los sacerdotes, 4 agosto 2019), es decir, ese desaliento interior que nos bloquea y no nos deja gustar la belleza de la vocación.

En la Carta a los sacerdotes hablé también del dolor, pero aquí quisiera traducir de otro modo esta palabra y referirme a la fatiga. Toda vocación implica un compromiso. El Señor nos llama porque quiere que seamos como Pedro, capaces de “caminar sobre las aguas”, es decir, que tomemos las riendas de nuestra vida para ponerla al servicio del Evangelio, en los modos concretos y cotidianos que Él nos muestra, y especialmente en las distintas formas de vocación laical, presbiteral y de vida consagrada.  Pero nosotros somos como el Apóstol: tenemos deseo y empuje, aunque, al mismo tiempo, estamos marcados por debilidades y temores. Mensaje del Santo Padre por la 57º Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones.

Texto bíblico: San Juan 6, 44-51
En aquel tiempo, dijo Jesús al gentío: «Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado, Y yo lo resucitaré en el último día. Está escrito en los profetas: “Serán todos discípulos de Dios”. Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí. No es que alguien haya visto al Padre, a no ser el que está junto a
Dios: ese ha visto al Padre. En verdad, en verdad os digo: el que cree tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron; este es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan
vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo».

Reflexión

Es Dios quien llama, es Dios quien nos guía, es Dios quien nos espera siempre, es Dios quien nos acompaña, es Dios quien nos da su Palabra para que no nos perdamos, para que le encontremos. «Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí.» Dejémonos guiar por el Padre para encontrarnos con Jesús y hacer de nuestra vida testimonio de Dios en medio del mundo. Escuchar al Padre es aprender a contemplar las huellas de su presencia en lo creado, en el corazón de toda persona, auténtica imagen de Él en el mundo. Escuchar al Padre es sentirse parte de la Historia de la Salvación donde Él quiere que seamos protagonistas en el encuentro con Él.

En ocasiones su Palabra es un susurro del hermano que nos llama, en otras un grito del que sufre, en otras una señal en el camino de la vida para no perdernos en búsquedas sin sentido. Así lo intuyó San Ricardo Pampuri, un gran santo hospitalario que entregó su vida al servicio de los enfermos como Hermano de San Juan de Dios. Un hombre que vivió la experiencia del amor y la misericordia de Dios en los hermanos. Por esto logró comprender y proyectar su vida en todo momento al servicio de Dios y su Reino, a través de una dedicación simple y humilde pero absoluta, a los enfermos y a cuantos lo necesitaban. Sabía cómo vivir el camino de la santidad con gran humildad y sencillez, en cada momento de su corta existencia terrenal, ofreciéndonos un modelo de santidad en la vida  cotidiana de nuestras vidas. Lo hizo cuando era un joven estudiante, continuó haciéndolo como médico en Morimondo y lo llevó a la máxima expresión como Hermano de San Juan de Dios, donde los superiores lo enviaron. Su corazón irradiaba hospitalidad, y por su conocimiento de la medicina y por su bondad, cada vez más personas acudían a él.

Para la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, este Año Jubilar que se ha celebrado y que hoy concluye, con motivo del 30 aniversario de su canonización, ha sido un momento de gracia para conocer mejor a nuestro Santo Hermano, un magnífico ejemplo vocacional de hospitalidad, simplicidad y consistencia. Un santo que nos sorprende por su juventud, por su actividad y por la forma de transformar las cosas pequeñas en grandes obras de caridad, porque están hechas con amor. San Ricardo Pampuri, ruega por nosotros.

Una característica de nuestro modelo formativo Gradual y diferenciada: Nuestra formación, conservando su carácter unitario básico, se adapta a las diferencias de las personas: edad, cultura, misión, roles, comunidades, Provincias y a las distintas realidades de la Orden. Tiene en cuenta, además, los rasgos individuales y el contexto sociocultural de procedencia y sabe distinguir lo esencial de lo accidental, lo estable de lo cambiante. Asimismo, requiere una continua evaluación, autocrítica y relectura de la propia vida en contraste con la realidad y con las otras personas con las que nos relacionamos.

Petición del día Nuestra Familia Hospitalaria es una comunidad muy plural, capaz de establecer colaboración y unión alrededor del rostro de quien sufre. Que el Señor nos conceda la gracia de la memoria para hacernos cargo del carisma fundacional y renovarlo en las circunstancias presentes de acorde a los nuevos retos
que a la Orden se le presentan. Oremos.

Oración por las Vocaciones Hospitalarias.

Padre de misericordia, que has entregado a tu Hijo por nuestra salvación y nos sostienes continuamente con los dones de tu Espíritu, concédenos comunidades cristianas vivas, fervorosas y alegres, que sean fuentes de vida fraterna y que despierten entre los jóvenes el deseo de consagrarse a Ti y a la evangelización.
Sostenlas en el empeño de proponer a los jóvenes una adecuada catequesis vocacional y caminos de especial consagración.

Dales sabiduría para el necesario discernimiento de las vocaciones de modo que en todo brille la grandeza de tu amor misericordioso.

Que María, Madre y educadora de Jesús, interceda por cada una de las comunidades cristianas, sean fuente de auténticas vocaciones al servicio del pueblo santo de Dios.

Amen