EXPERIENCIAL – miércoles 29 abril

Monición
Así pues, la primera palabra de la vocación es gratitud. Navegar en la dirección correcta no es una tarea confiada sólo a nuestros propios esfuerzos, ni depende solamente de las rutas que nosotros escojamos. Nuestra realización personal y nuestros proyectos de vida no son el resultado matemático de lo que decidimos dentro de un “yo” aislado; al contrario, son ante todo la respuesta a una llamada que viene de lo alto. Es el Señor quien nos concede en primer lugar la valentía para subirnos a la barca y nos indica la orilla hacia la que debemos dirigirnos. Es Él quien, cuando nos llama, se convierte también en nuestro timonel para acompañarnos, mostrarnos la dirección, impedir que nos quedemos varados en los escollos de la indecisión y hacernos capaces de caminar incluso sobre las aguas agitadas.

Toda vocación nace de la mirada amorosa con la que el Señor vino a nuestro encuentro, quizá justo cuando nuestra barca estaba siendo sacudida en medio de la tempestad. «La vocación, más que una elección nuestra, es respuesta a un llamado gratuito del Señor» (Carta a los sacerdotes, 4 agosto 2019); por eso, llegaremos a descubrirla y a abrazarla cuando nuestro corazón se abra a la gratitud y sepa acoger el paso de Dios en nuestra vida.
Mensaje del Santo Padre por la 57º Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones.

Texto bíblico: San Juan 21, 1-14
En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, apodado el Mellizo; Natanael, el de Caná de Galilea; los Zebedeos y otros dos discípulos suyos.
Simón Pedro les dice: «Me voy a pescar». Ellos contestan: «Vamos también nosotros contigo».
Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. Jesús les dice: «Muchachos, ¿tenéis pescado?». Ellos contestaron: «No». Él les dice: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis». La
echaron, y no podían sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo a quien Jesús amaba le dice a Pedro: «Es el Señor».

Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque distaban de tierra más que unos doscientos codos, remolcando la red con los peces. Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan.
Jesús les dice: «Traed de los peces que acabáis de coger». Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red. Jesús les dice: «Vamos, almorzad». Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado. Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos después de resucitar de entre los muertos.

Reflexión
Solo el discípulo al que Jesús amaba tanto fué capaz de reconocerle y decir: Es el Señor. No es fácil reconocerle al amanecer después de una jornada de pesca que no ha ido tan bien como esperábamos, reconocerle en medio de la tarea de cada día, reconocerle y descubrir que es Él quien se acerca a nuestra vida, a nuestra Orden… Reconocerle es fruto del amor que fundamenta nuestra relación, es sentirse  amados por Él y responder a ese amor con el nuestro. Hacerle sitio y escuchar su propuesta hace que la pesca cambie, hace que la vida se transforme y el hacer adquiere otra dimensión. La barca es la misma, la compañía la misma, el mar el mismo, la red la misma… pero con el Señor todo cambia, la luz vence, la red se llena, la pesca es generosa, la vida se alegra, la mesa se comparte… De nuevo la mesa, de nuevo la comida como lugar de encuentro y espacio para dar gracias, de compartir la vida, de sentirse comunidad… Recuerda que es el Señor quien habita nuestra vida. Si lo sientes así entonces podremos dar gracias por el don de la vocación y la llamada a la hospitalidad a la que hemos sido convocados.

Una característica de nuestro modelo formativo Experiencial: En el proceso formativo se suscitan experiencias y vivencias que deben iluminarse desde una visión cristiana para poder responder a la llamada de Dios, libre y responsablemente. La formación en la Orden tiene como ejemplar la pedagogía que Dios Padre desarrolla en la vida e historia de su pueblo, en el itinerario que Jesús recorre con sus discípulos y en la acción del Espíritu en la Iglesia y en el mundo. Cada Hermano y cada formando han de saber integrar y vivir todos los acontecimientos, positivos o negativos, como parte de la propia historia de salvación a partir de la cual Dios nos habla y conduce.

Petición del día
Por todos los jóvenes que se forman en nuestras casas de formación, para que aprovechen al máximo este tiempo y perseveren en la llamada que Dios les hace. Oremos también por los hermanos y colaboradores que están dedicados en la Orden a la Pastoral Vocacional y Formación Inicial, para que Dios les dé la sabiduría de acompañar y guiar a estos jóvenes desde los criterios del evangelio de la misericordia.

Oremos

Oración por las Vocaciones Hospitalarias.

Padre de misericordia, que has entregado a tu Hijo por nuestra salvación y nos sostienes continuamente con los dones de tu Espíritu, concédenos comunidades cristianas vivas, fervorosas y alegres, que sean fuentes de vida fraterna y que despierten entre los jóvenes el deseo de consagrarse a Ti y a la evangelización.
Sostenlas en el empeño de proponer a los jóvenes una adecuada catequesis vocacional y caminos de especial consagración.

Dales sabiduría para el necesario discernimiento de las vocaciones de modo que en todo brille la grandeza de tu amor misericordioso.
Que María, Madre y educadora de Jesús, interceda por cada una de las comunidades cristianas, para que, hechas fecundas por el Espíritu Santo, sean fuente de auténticas vocaciones al servicio del pueblo santo de Dios.

Amen