Escrito del Hno. Daniel Alberto Márquez Bocanegra, Superior Provincial

El pasado 8 de diciembre de 2020 en la capilla de la Comunidad de Hermanos de la Clínica Nuestra Señora de La Paz, Casa Lucena, en una ceremonia muy sencilla y familiar los Hermanos Jairo Enrique Urueta Blanco y José Ignacio Aponte Quiroga celebraron y renovaron sus promesas de castidad, pobreza, obediencia y hospitalidad, como lo hicieron el 8 de diciembre de 1995 en la Clínica San Juan de Dios en Chía, Cundinamarca. Debería haber estado compartiendo esta celebración junto a ellos el Hno. Evelio Antonio Acevedo Mesa, quien se encuentra actualmente prestando su servicio como maestro de postulantes en la Comunidad de Luján, Argentina, motivo por el cual no estuvo presente, pero él también realizó una acción de gracias por este aniversario.

Por la vocación hospitalaria a la que han sido llamados los Hermanos Jairo Enrique, José Ignacio y Evelio Antonio, Dios los ha elegido para formar parte de nuestra comunidad de vida apostólica donde ellos optaron vivir en comunión el amor a Dios y al prójimo. Junto a ellos, todos los Hermanos de la Provincia, de la Región de América Latina y el Caribe nos sentimos hermanos de todos los hombres y nos entregamos al servicio principalmente de los débiles y enfermos: sus necesidades y sufrimientos conmueven nuestro corazón, y nos urgen a ofrecerles remedio y nos estimulan a procurar su promoción personal.

La celebración fue presidida por el Hno. Cesáreo Santiago y concelebrada por el Hno. Miguel Calle y el P. Tulio de la Hoz. Estuvieron presentes Hermanos de las Comunidades de Curia-San Rafael, la Clínica de la Paz, Pasto, La Ceja y Cartagena al igual que grupo de familiares de los dos Hermanos.

Damos gracias a Dios por su vocación y sus años de entrega al servicio de los enfermos y necesitados y pedimos a la Virgen María en su advocación de la Inmaculada Concepción que los siga acompañando y permitiéndoles ser fieles en su SI. María recuerda a los consagrados que la gracia de la vocación es un don que no han merecido. Dios es quien los ha amado primero (cf. 1 Jn 4, 10. 19), con un amor gratuito, que debe suscitar su acción de gracias.